'NACIDOS PARA EL MOMENTO ACTUAL'

By Archbishop Gomez
June 10, 2018
Source: Vida Nueva
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 (El arzobispo Gómez ordenó al sacerdocio a nueve hombres – Egren Gómez, Danilo Guinto, Gilbert Guzmán, William Ian Vincent Hagan, Spencer Lewerenz, John O’Brien, Thomas Roide II, Pedro Saucedo Jr. y Matt Wheeler el 2 de junio de 2018, en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. Lo que sigue es una adaptación de su homilía).

Toda la familia de Dios aquí en la Arquidiócesis de Los Ángeles se regocija con nosotros hoy.

Hermanos míos, Egren y Danny, Gilbert e Ian, Spencer y John, Tommy, Pedro y Matthew, el camino que ustedes han recorrido en el curso de su vida los ha conducido a este bello momento.

Hoy le damos gracias a Dios por sus familias, por sus madres y sus padres, por sus abuelos y padrinos. Mediante sus oraciones, sacrificios y su buen ejemplo, ellos contribuyeron a que el amor de Dios creciera en los corazones de ustedes. Vemos hoy de una hermosa manera cómo la familia es el fundamento de toda vocación.

Mis queridos hermanos, es un gran paso éste que ustedes están dando al ir tras las huellas de Jesús. En el Evangelio de hoy, escuchamos su oración por ustedes: “Conságralos en la verdad. Tu palabra es la verdad. Así como tú me has enviado al mundo, así los envío yo”.

Ustedes nacieron para este momento en el que se están entregando a Jesús, en el que están dedicando a su misión de salvación, toda su vida su corazón y su mente, su cuerpo y su alma.

Él los está enviando al mundo a seguirlo, a servirlo; a ser santos como Él es santo, y a llamar a otros a ser santos también.

También, mis queridos hermanos y hermanas, como podemos verlo, nuestros nuevos sacerdotes fueron llamados de diferentes culturas y orígenes. Y están llenos de la alegría del Evangelio. Me siento honrado de llamarlos mis amigos y mis colaboradores en este gran ministerio de la salvación.

Y al orar hoy por nuestros nuevos sacerdotes, creo que es importante que recordemos que toda vida cristiana es una vocación.

Esto es cierto para cada uno de nosotros, no sólo para aquellos que están llamados a ser sacerdotes. Las vidas de ustedes tienen también un gran significado a los ojos de Dios. Él los está llamando, a cada uno de ustedes, a que hagan su parte en este hermoso plan de la salvación del mundo.

Y Dios nos da sacerdotes santos para ayudarnos en nuestro viaje, en nuestra misión en el mundo.

Hermanos míos, Dios los está ungiendo hoy para que sean sacerdotes para su pueblo. Ésta no es sólo una profesión más, como ustedes bien saben. Ustedes son los continuadores de un ministerio antiguo y divino profetizado por Isaías: el de llevar la buena nueva y la sanación, conduciendo a la gente por el camino de la libertad y la felicidad.

En nuestro tiempo y lugar, nuestros sacerdotes deben especialmente ser hombres de esperanza.

Por eso, le pido a Dios que ustedes les lleven a todos el sencillo y hermoso mensaje del Evangelio de que Dios nos ama y dio su vida por nosotros, y de que nos promete una vida que está más allá de la muerte, ¡un amor que no tiene fin!

Este es el “aceite de la alegría” que nuestro pueblo desea recibir.

Además, hermanos míos, este llamado al sacerdocio viene de Dios. Y no es posible llevar a cabo el ministerio de ustedes sin la ayuda de la gracia de Dios.

Por lo tanto, deben apoyarse totalmente en Jesús. Permítanle que Él sea su Buen Pastor y crezcan en la amistad con Él, ámenlo y aprendan de Él.

Y, como bien saben, ustedes están llamados a ser santos, pero no son “perfectos”. Lamento recordarles eso. Ustedes no son perfectos, son tan humanos como las personas a las que sirven, y siempre lo serán. Nunca olviden eso, pues los mantendrá humildes. Y la humildad es la clave para ser un discípulo y la clave para ser un buen sacerdote.

Finalmente, ustedes están siendo ordenados en la vigilia de Corpus Christi, de esa gran fiesta del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor.

Y quiero decirles algo, personalmente, a cada uno de ustedes: manténganse siempre cerca de nuestro Señor en la Eucaristía.

Hagan de la Eucaristía el corazón de su vida y de su sacerdocio, no sólo al ofrecer el sacrificio de la Misa de cada día, sino pasando tiempo con nuestro Señor en silencio, adorándolo en el Santísimo Sacramento.

Hablen con Él como hijos de Dios; escuchen su voz, entréguenle sus corazones a Él y déjenlo moldear sus vidas a su imagen, así como Él transforma el pan y el vino. Permítanle que Él haga de ustedes “otro Cristo”.

Entonces, mis queridos hermanos y hermanas, continuemos orando por nuestros nuevos sacerdotes. Démosle gracias a Dios en este día y oremos para que muchos jóvenes más sigan los pasos de ellos.

Y encomendemos a nuestros nuevos sacerdotes y nuestras propias vidas a nuestra Santísima Madre María. Que ella nos ayude a todos a abrir nuestros corazones al llamado de Dios en nuestras vidas.

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