NACIDOS POR SEGUNDA VEZ

By Archbishop Gomez
May 05, 2019
Source: Vida Nueva
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En esta hermosa temporada de Pascua, me he puesto a reflexionar sobre el significado de nuestro bautismo.

Veo cada vez con mayor claridad que debemos profundizar en nuestro sentido de la dignidad y responsabilidad que tenemos como cristianos, en la misión que se nos da en el bautismo, en la vida nueva que tenemos en Jesucristo.

Nacimos por primera vez por el amor de nuestra madre y de nuestro padre. Y nacemos por segunda vez, del agua y del Espíritu, a través del amor de Dios.

Nuestro bautismo es el día más importante de nuestra vida. Pero la mayoría de nosotros no podemos recordar ese día porque nuestro “segundo nacimiento” tuvo lugar cuando éramos bebés, puesto que el bautismo fue un hermoso don que recibimos de nuestros padres.

Pero tenemos que recordar en nuestras parroquias y en nuestros hogares que el bautismo es mucho más que una gozosa ceremonia o que una reunión familiar.

El bautismo tiene un significado cósmico y es un momento de destino personal para cada uno de nosotros, un día en el que la historia de nuestra vida se une a la historia de la salvación, a la gran historia del amor de Dios hacia su pueblo.

El Papa Francisco nos dice que debemos celebrar el día de nuestro bautismo como celebramos el día de nuestro cumpleaños, porque este es el día en que nacemos para ser lo que verdaderamente somos, las personas que Dios quiso que fuéramos cuando nos creó.

Los primeros cristianos llamaban al bautismo “el baño de la regeneración y renovación por el Espíritu Santo”. El bautismo es verdaderamente la puerta de entrada a una nueva vida. A través de él somos liberados del pecado y transformados en una “nueva creación”, en hijos e hijas del Dios vivo, en hermanos y hermanas reunidos en la familia de Él, es decir, en la Iglesia.

La vida nueva que se nos da en el bautismo es “cruciforme”, es decir toma la forma de la cruz. Cuando Jesús se ofreció en la cruz para dar la vida al mundo, nos llamó a cada uno de nosotros a hacer lo mismo, es decir, a consagrar y a ofrecer nuestra vida a Dios.

El bautismo nos hace parte del sacerdocio común de todos los creyentes y nos da una participación en el sacerdocio mismo de Cristo.

Por supuesto, comprendemos que el sacerdocio ordenado, establecido en la Última Cena, está en el núcleo del plan de Cristo para su Iglesia y para la misión de salvación que Él le confía a ésta. Él ordena a algunos hombres y los separa de los demás, con el fin de que actúen en su misma persona (“in persona Christi”) en su altar, para santificar y servir a la familia de Dios.

Pero todos nosotros estamos destinados a compartir el trabajo sacerdotal de redimir al mundo. Esta es la visión cristiana original de nuestra vida y el volver a este enfoque es un elemento fundamental para la renovación de la Iglesia de nuestro tiempo.

Los apóstoles hablaron de la Iglesia como de “un sacerdocio santo” y de que cada miembro de la Iglesia forma parte de un reino de sacerdotes.

Un antiguo obispo y doctor de la Iglesia, San Pedro Crisólogo, explicaba el sacerdocio común de la siguiente manera: “Que tu corazón sea un altar. Luego, con plena confianza en Dios, presenta tu cuerpo para el sacrificio. Dios no desea la muerte, sino la fe… la entrega de uno mismo… la ofrenda de tu libre albedrío”.

Nosotros no ofrecemos nuestra vida en la cruz, como lo hizo Jesús. Él nos está llamando a ofrecer “sacrificios espirituales”, a hacer de nuestra vida algo hermoso que ofrecerle en todo lo que hacemos. Participamos en el sacerdocio de Cristo por la manera en que vivimos, por la manera en que tratamos a los demás y por las prioridades que establecemos, por lo que amamos y lo que pensamos y por aquello a lo que le dedicamos nuestro tiempo y energía.

Estamos llamados a un servicio de amor en el hogar, en el trabajo, en la escuela y en todos los ámbitos de la vida. Tenemos que darnos cuenta de que en todo lo que hacemos, estamos de alguna manera compartiendo el sacerdocio mismo de Cristo, estamos unidos a Él en esa misión de trabajar por la salvación del mundo, por la venida de su reino y para que su voluntad se cumpla en la tierra como en el cielo.

Así como Jesús, nosotros hemos de tener también un verdadero “fuego” en nuestro corazón que nos impulse a buscar la salvación de los demás, empezando por los que están más cerca de nosotros. Tenemos que amar a Jesús con un amor que anhele hacer que todas y cada una de las personas lo amen también.

Hemos de orar por la gente y tenemos que trabajar por hacer que este mundo sea mejor para los pobres y para los vulnerables; debemos tratar de liberar a las personas del pecado y de la injusticia, hemos de eliminar todos los obstáculos que les impiden conocer a Jesús y abrir sus corazones a su misericordia y a su amor.

Esta es la “ofrenda espiritual” que estamos llamados a ofrecerle a Dios con nuestra vida.

Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes.

Y que nuestra Santísima Madre María nos ayude a crecer cada vez más en nuestra conciencia de ser hijos de Dios que tienen un alma sacerdotal, lo cual es la hermosa identidad y misión que se nos da a cada uno de nosotros, los que hemos sido bautizados.

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