SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEñOR

By Archbishop Gomez
December 25, 2019


¡Feliz Navidad, mis queridos hermanos y hermanas!1

Este es un día maravilloso de alegría. Hoy celebramos una vez más, el plan de Dios para la creación y la historia; celebramos su hermoso plan de amor para cada una de nuestras vidas.

En silencio y sencillez, nuestro Dios viene a nosotros en esa tierna escena que tan bien conocemos: la hermosa escena de la Natividad que hemos representado en la plaza, afuera de la Catedral. La bella escena de un Niño que acaba de nacer y está en brazos de su madre y de su padre.

Pudimos escuchar aquellas grandiosas palabras del Evangelio, esa asombrosa verdad que nos dice: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Este Niño, la Palabra de Dios hecha carne, es el plan que Dios tuvo desde el principio, desde antes de que el mundo fuera creado. Y nuestras lecturas de hoy nos presentan una gloriosa imagen de lo que Dios quiere para el mundo.

El profeta Isaías nos dice en la primera lectura que este Niño es nuestro Dios y nuestro Rey, que él traerá el anuncio de la paz y la salvación para todas las naciones, ¡y traerá también la alegría a todos los pueblos!

Entonces, hoy estamos orando, en comunión con toda la Iglesia universal, por todos aquellos que están siendo afectados en nuestro mundo por la violencia y la injusticia, por las guerras y la persecución, por aquellos que son todavía esclavos del pecado. Oramos también por los enfermos y por todos los que están sufriendo.

Dios quiere la paz y la alegría para su pueblo. Y el profeta nos dice hoy: “Verá la tierra entera la salvación que viene de nuestro Dios”. Sabemos, pues, que su paz ha de venir, que su amor habrá de llenar la tierra.

La Navidad es la promesa de Dios; la promesa de que él nunca nos dejará solos, de que sigue llevando a cabo su plan de amor, aunque a veces parezca oculto a nuestros ojos.

Y el signo que Dios nos da hoy es el mismo que les dio a la Virgen María, a San José y a los pastores en aquella primera noche de Navidad. Ese signo hermoso y apacible de un Niño que nace y se encuentra en brazos de su madre y de su padre.

Sé que muchos de nosotros, cuando éramos niños, solíamos poner pequeños nacimientos en nuestras familias. Incluíamos al niño Jesús en el pesebre, a María y a José y a veces a algunos animales. En otras ocasiones, también a los Reyes Magos. A veces dibujábamos estas escenas del nacimiento de Jesús o las elaborábamos con cartón, papel o madera.

Es una hermosa costumbre, una hermosa manera de mostrar nuestro amor por el Niño Jesús.

Esta Navidad, nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, ha escrito para nosotros una maravillosa carta sobre esta tradición de la Iglesia. El Papa nos dice que la representación del nacimiento es un “Evangelio vivo” en el que vemos el gran amor que Dios tiene hacia cada uno de nosotros.

Esto es muy cierto, mis queridos hermanos y hermanas.

La Navidad es la fiesta de “Dios con nosotros”. En esta escena de su Natividad, nos damos cuenta de que nuestro Dios quiere estar muy cerca de nosotros.

¡Nuestro Dios es tan humilde, tan tierno en su amor por nosotros! Él es el Creador del universo, pero en su humildad intercambia el cielo por la tierra. Nosotros no podemos alcanzarlo así que él es quien se inclina hacia nosotros.

Y en este día, mis queridos hermanos y hermanas, Jesús vuelve nuevamente a nosotros como un pequeño niño, en un pesebre. Él viene nuevamente a nosotros, haciéndonos una invitación al amor.

Nuestro Dios se convierte en hijo de la Virgen María para mostrarnos que todos nosotros somos sus hijos, creados según su imagen divina.

Y si todos somos hijos de Dios, eso significa que todos somos hermanos y hermanas: toda la humanidad es una única familia de Dios. Entonces, ¿cómo podemos no amarnos los unos a los otros? ¿Cómo podemos no perdonarnos ni tener compasión hacia los demás?

La humanidad de este Niño en el pesebre, nos hace patente la divinidad de ése que viene a nosotros en el extraño. Del que se nos presenta en el pobre y en el que se siente solo, en el refugiado, en el migrante y en el encarcelado; en toda persona para la que no hay lugar en la sociedad.2

La paz de Dios llegará, su amor llenará la tierra en el momento en el que reconozcamos a este santo Niño, en el momento en que veamos la imagen de Dios y su gloria, vivos y en cada persona.

Mis queridos hermanos y hermanas, en este día de Navidad, este Niño está a la puerta del corazón de ustedes, tocando para que le abran. Escuchen su voz, él los está llamando. Ábranle la puerta, acójanlo en su corazón.3

La promesa de la Navidad es que podamos hacer de nuestra vida una “escena viva de la natividad”.

Por su gracia, podemos hacer que la vida de cada uno de nosotros sea un lugar en el que Jesucristo nazca diariamente en nuestro corazón, un lugar en el que nos vayamos asemejando cada día más Jesús, haciéndonos más humildes, más llenos de amor, más santos.

Y podemos hacer que nuestra vida sea un lugar en el que otros puedan encontrar a Jesús. Podemos llevar a Jesús a cada persona con la que nos encontremos. Podemos llevar su tierna misericordia, su dulce espíritu y su perdón a todo lo que hacemos.

El Dios vivo viene hoy a nosotros de la manera humana más apacible y ordinaria: en el amor de una familia, de una madre y de un padre y de su hijo recién nacido.

Él hace esto para mostrarnos que podemos encontrarlo en todas las circunstancias humildes y ordinarias de nuestra vida humana cotidiana: en nuestro trabajo, en nuestro hogar, en nuestras amistades y relaciones.

Vamos, pues, hoy al pesebre. Pidámosle a Dios que lleve a plenitud todas sus promesas, tanto en nuestros tiempos como a través de toda nuestra vida.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María que interceda por nosotros y que nos dé a todos una nueva Navidad del corazón, una nueva Natividad del corazón.

1. Lecturas (Misa del día): Is 52, 7-10; Sal 98, 1-6; Hb 1, 1-6, Jn 1, 1-18.

2. Mt 25, 31-46.

3. Ap 3, 20; Cant 5,2.

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