NUESTRAS LAMPEDUSAS DEL CORAZóN

By Archbishop Gomez
November 08, 2013
Source: Vida Nueva
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A principios de julio, el Papa Francisco viajó a la pequeña isla mediterránea de Lampedusa.

En los últimos años, decenas de miles de africanos han realizado el peligroso paso de Libia y Túnez hacia Lampedusa, con la esperanza de encontrar un día una nueva vida en Europa. Miles de personas han muerto en el mar. Miles más han sufrido humillaciones a manos de los traficantes de personas.

El Papa Francisco dijo que Lampedusa era una representación dramática de la situación de los inmigrantes y refugiados en el mundo. Y dijo que Lampedusa debe cuestionar nuestras conciencias.

“Hoy en día nadie en el mundo se siente responsable”, dijo. “Hemos perdido el sentido de la responsabilidad por nuestros hermanos y hermanas. … La cultura de la comodidad, que nos hace pensar sólo en nosotros mismos, nos hace insensibles a los lamentos de los demás. … En este mundo globalizado, hemos caído en la indiferencia globalizada”.

Las palabras del Papa han permanecido conmigo conforme el verano ha dado paso al otoño y el impulso para lograr la reforma migratoria en nuestro país parece estarse desvaneciendo.

Para mí, “Lampedusa” se ha convertido en algo más que un lugar en el mapa. Lampedusa, para mí, es una región oscura del corazón. En nuestra “Lampedusa del corazón” nos volvemos insensibles e indiferentes a los sufrimientos de los demás. Nos olvidamos de que somos responsables de nuestros hermanos y hermanas.

Los líderes de la Cámara de Representantes de Estados Unidos rechazaron la legislación de reforma integral que el Senado aprobó este verano. En lugar de ello, están tomando un enfoque más lento, más gradual: trabajar en una serie de proyectos menores que abordarían diferentes aspectos de nuestro deficiente sistema de inmigración.

Esto puede ser conveniente y es probablemente más realista políticamente hablando. Pero me preocupa porque en la Cámara, el hacer frente a estos desafíos no parece ser considerado como algo muy urgente.

La reforma migratoria no puede esperar. No podemos dejar escapar otro año sin hacer nada.

Millones de nuestros hermanos y hermanas están sufriendo, y esto ha venido sucediendo desde hace años. No sólo los hombres y mujeres anónimos que mueren regularmente en el desierto tratando de alcanzar nuestras fronteras; o las víctimas de la trata de personas y de los “coyotes”; o los jóvenes que no pueden ir a la escuela o conseguir trabajo porque sus padres los trajeron aquí ilegalmente; o los hombres y mujeres que conforman una amplia subclase de trabajadores sin derechos.

Pero me preocupan sobre todo los niños y las familias atrapadas en nuestro defectuoso sistema. Dos tercios de las personas indocumentadas en nuestro país han estado aquí por lo menos una década. Son nuestros vecinos y compañeros de clase. Son las personas que se sientan junto a nosotros el domingo en la iglesia.

En los últimos cuatro años hemos deportado a casi 2 millones de personas. Y uno de cada cuatro está siendo alejado de su familia. Los hemos separado de sus hijos, de sus esposas y esposos, de todos sus familiares.

Tenemos que seguir recordando estos hechos humanos básicos.

Porque gran parte de nuestra conversación nacional acerca de la inmigración sigue siendo solamente un cálculo político. ¿A qué partido va a beneficiar? ¿Quién va a ganar el “crucial” voto latino?

Este tipo de argumentos son una muestra de la indiferencia a la que el Papa Francisco hacía alusión. Sólo podríamos hablar de esta manera si nosotros mismos estuviéramos cómodos, y si nos hubiéramos olvidado de que en este problema están involucradas personas reales que están sufriendo.

Nuestras obligaciones como cristianos están por encima de todas las justificaciones o consideraciones políticas que pudiéramos tener.

Como seguidores de Cristo, no podemos permanecer indiferentes ante tanto sufrimiento. No podemos aceptar unos Estados Unidos de América que impongan una legislación que implique la ruptura de las familias y el castigo de los niños por los “crímenes” de sus padres. No podemos aceptar un país en el que una decisión arbitraria tomada por alguien en una oficina de gobierno pueda dar como resultado el hecho de que las familias sean separadas durante años.

Necesitamos una reforma migratoria ahora mismo. Necesitamos una reforma que mantenga seguras nuestras fronteras y que restaure el respeto a la ley. Necesitamos una reforma que otorgue derechos a los trabajadores y ofrezca la ciudadanía a aquellos que quieren ser nuestros vecinos.

La reforma migratoria es un asunto de protección de la vida y de la familia. Y es también una cuestión sobre nuestra alma.

Jesús nos dijo que estaría presente en los inmigrantes, en los presos, en aquellos que sufren enfermedad y pobreza. Lo que hacemos con ellos, lo hacemos con Él, dijo Jesús.

El Papa Francisco ha dicho: “Tenemos que volver a leer con más frecuencia el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo en el que él habla del Juicio Final”. Hagámoslo esta semana.

Y oremos unos por otros y por nuestros líderes. Oremos para redescubrir nuestra capacidad de cuidar unos de otros y de hacernos presentes a los demás en sus sufrimientos.

Y pidámosle a María, nuestra Madre Santísima del Refugio, que nos ayude a revivir los corazones aletargados por la indiferencia. Y que obtengamos una nueva gracia para eliminar todas las Lampedusas de nuestros corazones.

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